El siguiente texto surge de la fantasía, de los demonios que se apoderan de nosotros y, como en un acto de posesión, hacen travesuras, como apoderarse de los dedos y escribir.
Hay veces que se juntan tantas cosas en la cabeza que, de alguna manera, empiezan a fugarse. Entre deseos, locuras, tristeza, pasiones y rabia, me lanzo con estas líneas.
¡Está vivo!

Cada noche de luna llena, un hombre bestia sale a cazar. Necesita comida, llenarse de vitalidad y energía. Hace ya varias noches que no ha probado bocado y la locura poco a poco empieza a apoderarse de él. Lo que ofrece el mundo civilizado no cubre su apetito y no llena sus necesidades de desbocada violencia.
Hoy es el día en que la luna se muestra en todo su esplendor, ilumina lo necesario y permite ocultar su naturaleza. Esta noche deja su lado humano, civilizado y se entrega a su ser salvaje y bruto. Hoy no hay máscaras. Hoy se deja abrazar por el más allá, por las sombras y por el abrigo de la noche. Hoy, aquello que permanece en la oscuridad cobra vida y sentido. Hoy es libre.
Solo el bosque es capaz de saciar su hambre. Solo aquella espesura verde abraza su auténtica naturaleza. Entrar en aquel entorno salvaje e inhóspito provoca que su pulso se acelere y sus sentidos se agudicen. Sin tomar un rumbo exacto, empieza a correr para volver a sentirse él. Con cada zancada puede sentir la vida fluir en todo su ser. Está en su elemento. Nada ni nadie lo retiene.
A pesar de sentir hambre y estar en un estado de cierta debilidad, sabe que es el momento en el que todo se exacerba: su fuerza, sus sentidos y su deseo de violencia. No hay opciones. Vivir o morir.
Sin dejar de correr en el bosque, de repente, su olfato dibuja un mapa de lo que percibe: garras rascando tierra húmeda, aleteos suaves como los de los búhos, colmillos desgarrando carne y otras mandíbulas triturando huesos. Esto sí lo entiende, esto sí es real, esto es suyo.
Sin perder el ritmo de sus zancadas, por fin lo percibe. ¡Ahí está! En la lejanía, advierte una criatura, su víctima, su presa y su alimento. Instintivamente su cuerpo toma la dirección de esa fragancia.
Puede sentir que se trata de una presa grande y que desprende un sutil aroma metálico. Ya se ha hecho una imagen de lo que puede ser; un enorme jabalí, quizás con alguna pequeña herida, uno que podría saciar su hambre hasta la próxima luna llena. Sabe que cazarlo será un gran reto por su condición, pero su cuerpo se lo pide. Necesita alimentar su ser salvaje.
Siguiendo la dirección de aquel olor, nota cómo empieza a salivar sin control. Casi puede sentir en sus fauces la sensación de sus colmillos perforando cada capa de piel hasta llegar a la carne y, si es necesario, hasta romper los huesos, la calidez y el sabor de la sangre llenando su mandíbula, el palpitar acelerado de su presa, el miedo en los ojos, el brillo de la vida aumentar y poco a poco desvanecerse ante su agarre poderoso. Solo de imaginar cada exquisito detalle aumenta su furia y su fuerza.
Zancada tras zancada, sus sentidos se agudizan. De repente, se oye el crujir de las hojas secas. Lo siente, lo percibe… ¡Ahí está su cena! La adrenalina recorre su cuerpo y nota cómo sus venas se engrosan, sus músculos se tensan para atacar, los caninos se afilan, su vista absorbe toda la luz y se lanza veloz en dirección a su alimento. Sabe que lo tiene cerca y que aquella presa no se ha dado cuenta de su presencia. El viento lo favorece, así que corre para abalanzarse sobre su presa y terminar con el tormento de sentir hambre. Mientras más cerca está, percibe un nuevo aroma fascinante.
¿De dónde viene? —se pregunta la bestia—. Tengo que encontrarlo, cazarlo, poseerlo, saborearlo.
A pesar de que es un olor nuevo, lo reconoce; parece familiar pero no puede identificarlo del todo.
Entre la locura provocada por el aroma y la adrenalina que recorre su cuerpo, pierde la orientación; sus sentidos están perturbados y no puede concentrarse en su cacería. Está inquieto y desorientado. Da vueltas sobre sí mismo y se da cuenta de que solo ha corrido en círculos. El olor viene por todos lados, lo invade y trastorna sus sentidos. No sabe de dónde emana tan seductora fragancia. Se siente perdido.
La desesperación recorre su cuerpo agitado. Sabe que si no se alimenta esta noche es probable que no sobreviva. En un arrebato angustioso decide clavarse sus colmillos en su propia carne. Se da un mordisco en una de sus extremidades. Ahoga su aullido de dolor; sabe que si lo escuchan, su presa huirá. Clava sus garras en la tierra para mitigar su dolor.
Puede sentir lo afilado de cada colmillo penetrar su piel hasta que la sangre empieza a brotar. Mientras el dolor recorre su cuerpo, el frío de la noche cala bajo su pelaje. Está adolorido y hambriento, pero poco a poco vuelve a tener control de su cuerpo. Se concentra en respirar y calmar su perturbación. Inhala y exhala lentamente para apaciguar sus sentidos y retomar su caza. Sus latidos y su propio aroma hacen que poco a poco vuelva a focalizar su atención en su presa.
Cierra los ojos y se deja envolver nuevamente en la noche y el bosque. Vuelve a ser parte de ese universo verde y salvaje, con cada inhalación afina su olfato. Nota el olor a pétricor, a flores frescas y a las que se están descomponiendo, que son más dulces; puede percibir la fragancia de las hierbas recién pisadas y nuevamente ese leve olor metálico unido a aquel otro que lo ha embriagado y perturbado. ¡Lo tiene!
Vuelve a trazar en su cabeza el mapa de dónde está. No está lejos. Sabe exactamente dónde está; en el abrevadero. Incluso puede oír cómo bebe agua. El aroma que se desprende con el viento le permite dibujar el tamaño de su presa; es colosal. Retoma el camino guiado por la embriagante esencia.
¡Ahí está! Por fin da con ella. Está atónito ante lo que ven sus ojos. Había escuchado historias sobre su existencia; siempre había creído que solo eran leyendas, advertencias para que el mundo de los humanos se abstuviera de entrar en los bosques, pero ahí está. El espíritu del bosque. Un monumental ciervo blanco, sus astas decoradas con flores, enredaderas y rocío, su pelaje brillante, sedoso y con reflejos argenteos. Prístino y blanco como la Luna. Cada elemento que había olido, lo podía ver, pero no parecía herido como su olfato le había hecho creer y no entendía qué era la fragancia que lo había hecho perderse.
El ciervo, sin darse cuenta de su entorno ni de la presencia de la bestia, se dirige al agua y, con cada paso que da, su cuerpo va tomando una figura humana. Una hermosa mujer de largos y platinados cabellos, decorados con los mismos pétalos, hierbas y ramas que llevaban sus astas.
La bestia que la acecha se da cuenta de que en el agua hay un rastro de sangre que la sigue como un velo, pero no se ve herida. Poseído por la adrenalina, el frenesí de la caza y el hambre, vuelve a sentir la sangre hervir y fluir por todo su cuerpo, pero también nota cómo su viril bestialidad se llena de sangre y se endurece dolorosamente. Ella, absorta en su baño, no se da cuenta de que está siendo cazada y que ahora es presa.
Su dulce aroma lo hace salivar incontrolablemente y extender sus filosas garras prestas a arremeter contra la presa. No aguanta más. La desea. En un arranque de excitación, se arroja sobre ella, la toma con fuerza y firmeza entre sus fauces y de un tirón la saca del agua.
La tumba en la hierba y se coloca sobre ella, presionando sus garras sobre sus delicados hombros. Sin dejar de oprimir, siente cómo sus garras han traspasado la piel de aquella delicada criatura y un líquido cálido se mezcla entre su pelaje y sus zarpas. A cada palpitación de su presa, el fluido carmín brota. Por un instante se queda absorto viendo el contraste de la sangre y la argéntea figura que está bajo su dominio. El flujo de la vida en su agarre.
El espíritu del bosque yace bajo él, hermosa y sometida. Inquieto por las sensaciones de hambre, frenesí y excitación, decide acercar sus fauces al cuello de aquel ser. La cercanía permite oler la sangre que brota de sus hombros y la que emana de su sexo femenino, ambos dulces e intensos. En ese momento se da cuenta de dónde proviene el olor que lo ha despistado. Surge de entre las piernas del espíritu del bosque.
Embriagado por el aroma que se desprende de ella, nota la agitación de su presa en su respiración y en su pulso acelerado. En sus ojos hay temor. Con cada latido, su piel se eriza, sus senos y extremidades se estremecen.
Sin entender la bestia qué es lo que pasa en su interior, continúa inhalando con devoción la dulce fragancia. Se siente invadido por aquel bouquet que satura su olfato. Adrenalina, miedo, sangre y el sexo de aquel ser, una mezcla peculiar y provocadora. La bestia nota cómo esos aromas hacen que su carne dura y excitada tiemble. No entiende qué es lo que está pasando. Todo su ser está diseñado para la brutalidad y ahora titubea.
Las criaturas se miran por un instante. Inquietas, temblorosas y excitadas. Rendida ante la situación, cierra sus ojos y gira su cabeza para exponer su cuello para entregarse. Sin vacilar un instante, él acerca sus fauces para dar el mordisco fatal, pero empieza a lamerla.
Con la dulzura de un animal rendido ante su amo, comienza a lamer el cuello, las heridas que sus garras han provocado, y, entre húmedos contactos, siente cómo su cuerpo de bestia se tensa de una manera dolorosamente placentera. Sin dejar de lamer, frota su mandíbula por todo el cuerpo de la criatura. Con cada lengüetazo, siente cómo en su paladar el aroma y el gusto van tomando notas diferentes, lo que al principio sabía a temor, poco a poco se convierte en deseo. Sabe placer.
Con su bestialidad dolorosamente tensa, sigue lamiendo con devota pasión aquella argéntea figura; su cuello, sus senos, su abultado vientre, entre sus brazos, sus voluptuosas caderas, sus piernas. Al llegar a sus muslos, se detiene frente al carnoso sexo e inhala con desespero la fragancia. Le urge grabar aquellas notas en su ser. Es tan deliciosamente penetrante que le provoca un rictus amenazante en el hocico; muestra sus afilados colmillos, pero, rendido ante aquella criatura, empieza a lamer tímidamente el interior rojizo.
Era lo que necesitaba, alimento del bosque. Con cada acto fervoroso de su lengua, siente cómo va recuperando fuerzas, pero desea más, ya no solo para alimentar su cuerpo, sino para alimentar su bestialidad; y, como si leyera sus intenciones, el espíritu sin decir palabra, abre sus piernas y con un toque dulce guía la cabeza de su ahora mansa bestia a la entrada de su placer. Sin dudar de lo que desea, la bestia se deja llevar por el hambre, el deseo, la lujuria e introduce su lengua más profundamente. Sus fauces se cubren de un sabor dulce e intenso.
La bestia puede percibir que sus lamidas son recibidas con gozo, lo que antes era miedo ahora es excitación. Ambos entregados a su naturaleza, la oscuridad y el apetito se funden en actos carnales. Ella, entre gemidos y dulces quejidos, se acerca a su bestia y susurra: Devórame.
Muchas gracias por aventurarte a mi mundo.
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Happy Halloween!
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