¿Estamos viviendo una revolución del placer femenino o es solo una ilusión?
Las artes amatorias
Las artes amatorias siempre han sido un territorio fascinante; amar, desear, buscar el placer, entregarse al disfrute. Son conceptos distintos, sí, pero todos nos conducen a un mismo lugar. Ese delicioso estado de gozo y satisfacción que, por momentos, parece tan simple y tan complejo a la vez. A veces íntimos, otras veces moldeados por una moral colectiva que intenta decirnos qué es correcto sentir, cómo y cuándo. Hoy quiero detenerme en ese cruce entre lo personal y lo social, y compartir una pequeña reflexión sobre el placer y sus paradojas en nuestro tiempo.
¿Qué está pasando?
Hay algo que todavía me asombra: ¿por qué, en pleno 2026, sigue resultando incómodo que una mujer exprese su deseo?
Hace poco encontré la cuenta de Instagram de una escritora de contenido erótico. Aún no he leído su obra, pero me llamó la atención que mencionaba recibir críticas cada vez que publicaba algo más explícito, además de notar una caída en sus seguidores. Me quedé pensando, ¿todavía existe una condena moral cuando una mujer habla abiertamente de su deseo carnal?
El placer y el deseo me parecen temas fundamentales. No solo porque genuinamente me interesan, también me atraviesan. Son parte de nuestro cuidado como seres humanos; al final, también es una dimensión esencial de la salud. Sin embargo, este es un tema que parece ser tan íntimo como público.
Por un lado, vivimos un auge del bienestar, del autocuidado, de las tecnologías enfocadas en la salud sexual y reproductiva de las mujeres (femtech) y de nuevas narrativas que invitan a hablar del cuerpo y del deseo. Por otro, desde mi mirada, percibo un resurgimiento de valores tradicionales, de la “buena familia”, de un orden que parece querer volver a colocar todo en su sitio, en ese “antes era mejor”.

Érase una vez un cuerpo…
No puedo imaginar la curiosidad que debió causar el cuerpo en el pasado. No tener la tecnología que hoy poseemos y aun así querer conocer nuestro interior, saber las maravillas y misterios que se hayan en nuestro interior. Sin duda, un terreno que explorar… pero ¿hasta qué punto?
Con respecto al cuerpo de la mujer, este ha sido, durante siglos, un territorio, a mi parecer, bastante público. Y el placer femenino, un asunto clasificado con un «manejar con precaución», sospechoso, asociado a lo oculto, a lo maligno, al pecado, al descontrol.
Si lo pensamos bien, el estudio del placer femenino es reciente, casi un parpadeo dentro de la larga historia de la humanidad. Muchos crecimos aprendiendo únicamente sobre salud reproductiva, no sobre autocuidado y mucho menos sobre placer. No se trata de enseñar qué debe ser placentero, sino de fomentar el autoconocimiento. Descubrir qué es gustoso para mí, sin que otros definan mis preferencias. Construir mi propio catálogo de sensaciones.
En mi adolescencia, cuando compartía mis inquietudes sobre el tema, mis amigas me decían que “esas no eran cosas de las que deberíamos hablar”. Recuerdo especialmente a una compañera que confesó sentir vergüenza al ver su propio reflejo desnudo. Esa frase se me quedó grabada. ¿Por qué sentir vergüenza de lo que es natural y, sobre todo, propio?
¿Estamos avanzando?
A simple vista, sí. El discurso del placer femenino ha ganado espacio. Hoy se habla del cuerpo, del deseo y de la sexualidad desde narrativas que buscan abrir el diálogo.
Un ejemplo claro es el auge del femtech:
- apps para el ciclo menstrual
- plataformas de educación sexual
- dispositivos diseñados para el placer
- espacios digitales que prometen reconectar con el cuerpo desde la autonomía
Todo envuelto en un lenguaje de bienestar, autocuidado y salud integral.
Es un avance significativo, sin duda. Me entusiasma, pero también me genera preguntas:
¿quién diseña estas tecnologías?, ¿desde qué mirada?, ¿para qué cuerpos?, ¿para qué deseos?
Existe el riesgo de que el placer se convierta en una nueva obligación. Una especie de productividad emocional: conocerte más, sentir más, gozar más, optimizarte incluso en el deseo.
En paralelo, noto una mayor recepción de literatura erótica escrita por y para mujeres, especialmente desde el auge de 50 sombras de Grey. Historias que, de alguna manera, ofrecen un espacio íntimo y seguro para explorar fantasías. Pero incluso aquí conviene preguntarse:
¿quién consume estas narrativas?, ¿quién tiene acceso?, ¿siguen siendo nichos dentro de un mercado que privilegia una sola mirada?
Porque cuando el placer se vuelve visible, también se vuelve rentable.
Nada es blanco o negro. Celebro estos avances, pero también me pregunto: ¿estamos ante una revolución real o ante un nuevo producto? La duda no invalida los progresos, a mi parecer, solo agrega una capa de complejidad.

Orden, tradición y ¿deseo?
Mientras el discurso del placer gana visibilidad, otra corriente avanza en sentido contrario. El retorno al “buen orden”, a los roles tradicionales, a la familia idealizada. ¿Acaso estamos enfrentándonos a un contraataque conservador?
En este contexto resurge la figura de la tradwife: la mujer que elige el hogar, la feminidad normativa, la devoción a la familia. Una estética pulcra, nostálgica, que idealiza un pasado donde, supuestamente, todo estaba en su lugar. “En el orden natural de las cosas”.
El problema no es la elección individual, sino cuando esa elección se presenta como modelo moral superior, como respuesta al caos contemporáneo y, sobre todo, cuando estos modelos comienzan a imponerse.
En estas narrativas, el placer se redefine. Ya no es exploración, sino cumplimiento. El deseo se orienta hacia la pareja, la maternidad, el sacrificio amoroso. El cuerpo vuelve a tener una función clara: sostener, nutrir, acompañar.
¿Por qué crece esta corriente? ¿Es una respuesta a un mundo percibido como demasiado libre, demasiado incierto? ¿Una búsqueda de estabilidad frente a la ansiedad que genera la autonomía?
Lo inquietante es que ambos discursos conviven. Se nos dice que exploremos nuestro deseo, pero de la manera correcta. Que seamos libres, pero no demasiado. Que gocemos, pero sin perder la respetabilidad.
Una paradoja constante.
El mensaje es sutil pero persistente. Puedes hablar de placer, siempre y cuando no amenace el orden establecido.
Entonces surge la pregunta incómoda:
¿qué pasa con las mujeres cuyo deseo no encaja en la narrativa de la buena esposa, la buena madre, la mujer equilibrada?
Cuando estas corrientes tradicionales ganan terreno, el deseo femenino vuelve a dividirse entre lo aceptable y lo desviado. Aunque se vista de elección y estética, sigue siendo un mecanismo de control.

El placer como acto íntimo, provocador y rebelde.
No hay una respuesta única ni correcta. El placer —y el placer femenino— sigue generando debate porque nunca ha sido un territorio simple ni estable. Quizá no estemos ante una revolución completa, pero tampoco ante un retroceso absoluto.
Hablar de placer, escribirlo, pensarlo, habitarlo con conciencia es un acto de rebeldía, incluso cuando se intenta reducirlo a tendencia o producto.
En un mundo que insiste en decirnos quién ser, cómo amar, qué desear, qué expresar y cómo vivir, explorar el propio deseo es un gesto de resistencia.
El verdadero riesgo no es desear, sino olvidar que el deseo también es un lenguaje. Un lenguaje de autonomía, identidad y poder íntimo. Un lenguaje que nace de la libertad de elegir y decidir.
Esta reflexión nace de una duda, de una observación. Mi intención es invitarte a hacer el mismo ejercicio: mirar tu entorno y preguntarte cómo te conectas con tu placer.

